jueves, 14 de noviembre de 2013

FECUNDACIÓN IN VITRO Y MELANOMA: UNA ASOCIACIÓN A VIGILAR

La relación entre hormonas femeninas (en particular, estrógenos) y melanoma es un tema controvertido. Durante décadas se ha especulado con que los estrógenos puedan influir sobre la presentación y el curso clínico del melanoma, de forma no siempre negativa. Es cierto que el melanoma es algo más frecuente en mujeres pero también su pronóstico suele ser algo mejor, aunque esto último puede estar influido porque las mujeres prestan más atención a los programas de detección precoz. La imagen que ilustra este post corresponde a la dermatoscopia de un melanoma incipiente diagnosticado poco después de un embarazo. Incluso con dermatoscopia resulta difícil ver datos sugestivos de melanoma en esta imagen (tan sólo una sutil presencia de vasos punteados en la periferia menos pigmentada). Pero la paciente había prestado atención a los mínimos cambios y síntomas en ese lunar tras el embarazo, y consultó por ello, lo que nos facilitó su diagnóstico muy precoz.

La publicación de casos aislados de melanoma asociados a estímulos estrogénicos (fisiológicos, como el embarazo, o farmacológicos) ha llevado a especular con el papel de los estrógenos en esa situación. Pero los estudios epidemiológicos más amplios no suelen apoyar una relación clara de causa-efecto entre estímulo estrogénico y melanoma, o un curso más agresivo del melanoma.
 
Me ha llamado la atención un estudio realizado en Australia (la zona del mundo con mayor incidencia de melanoma) y publicado recientemente en la prestigiosa revista Melanoma Research. Incluye una serie de 21.604 mujeres que consultaron por infertilidad, de las cuales 7.524 fueron sometidas a un tratamiento de fecundación in vitro (FIV). En el conjunto de la muestra se produjeron 14.870 embarazos a término y durante un periodo de seguimiento prolongado se detectaron 149 melanomas invasores. La serie es lo suficientemente amplia como para considerar con atención sus resultados. Lo más relevante de este estudio es que la incidencia de melanoma está aumentada en las mujeres que siguieron un programa de FIV y finalmente quedaron embarazadas (45 casos en 4.861 mujeres), respecto a aquellas que no lograron el embarazo tras FIV (10 melanomas en 2.663 mujeres). La FIV por sí misma no se asoció a mayor riesgo de melanoma. En las mujeres que lograron el embarazo sin someterse a FIV el riesgo de melanoma aparece mínimamente aumentado en este estudio.
 
Me gustaría destacar dos hechos: en primer lugar y como es obvio, la inmensa mayoría de las mujeres sometidas a FIV, con o sin embarazo final, no desarrollaron melanoma (por ello, estos resultados no deben generar alarmismo ninguno al respecto); en segundo lugar, la mayoría de los melanomas se detectaron años después del tratamiento con FIV (con una media en el entorno de 10 años). Luego el potencial incremento sobre el riesgo de melanoma del tratamiento con FIV y del embarazo resultante puede estar modulado en el tiempo por otros factores, como la exposición solar, y no supone en general un riesgo ni muy elevado ni inmediato. De ser cierta esta asociación, el problema me parece fácilmente manejable con las medidas y consejos habituales para la población en general respecto a protección solar y vigilancia de los lunares, sobre todo si son abundantes y/o atípicos, o si ya hay antecedentes personales o familiares de melanoma.
 
En relación con la prevención y el diagnóstico precoz del melanoma, el haberse sometido a un programa de FIV y haber logrado un embarazo sería un motivo más para cumplir bien con las medidas de protección solar y vigilancia de los lunares que aconsejamos los dermatólogos, y que en general deberíamos cumplir bien en cualquier caso. No veo razón ni para la alarma al respecto ni para adoptar medidas excepcionales en estos casos. Y con seguridad, nuevos estudios al respecto irán perfilando mejor la controvertida relación entre hormonas femeninas y melanoma.


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