¿POR QUÉ NOS GUSTA TANTO TOMAR EL SOL? (O CÓMO NUESTRA PIEL HABLA CON NUESTRO CEREBRO)

Pasear por casi cualquier playa en verano nos permite apreciar que a mucha gente le gusta tomar el sol. En parte, esto podría justificarse por la "moda del bronceado". Que el bronceado se considere más o menos estético, y que nos percibamos como "más atractivos y saludables" cuando estamos morenos es en gran medida una cuestión cultural, y por ello muy dependiente de las modas y cánones estéticos imperantes en cada momento. ¿Pero hay algo más, y más básico, por lo que nos puede gustar tomar el sol?
Parece ser que sí.

Desde hace tiempo se sabía que para algunas personas tomar el sol se convierte en una verdadera adicción. Y se sospechaba que la producción de endorfinas (opiáceos endógenos) en respuesta a la luz ultravioleta juega un papel en ello. Un reciente trabajo de investigadores de la Universidad de Harvard, publicado en la prestigiosa revista Cell, nos permite perfilar mejor este fenómeno. El trabajo está hecho sobre ratones, por lo que hay que ser cauto al extrapolarlo a humanos, pero parece muy probable que el mecanismo descrito en ratones sea también operativo en seres humanos.

La luz ultravioleta daña el material genético (ADN) en nuestra piel y eso pone en marcha una respuesta defensiva mediada por el gen p53, como consecuencia de la cual se produce proopiomelanocortina (POMC), de la que posteriormente se escinden varias proteínas, algunas que estimulan la producción de melanina, como la alfa-MSH, lo que nos protege de la radiación ultravioleta. Lo curioso es que de la POMC también deriva la beta-endorfina, un opiáceo endógeno, que se trasladaría por vía sanguínea desde nuestra piel a nuestro cerebro produciendo en nosotros una sensación placentera. Así pues, cuando tomamos el sol, nuestra piel le dice a nuestro cerebro: ¡esto me gusta! Por lo tanto, más allá de modas, lo "natural" es que nos guste, en mayor o menor medida, tomar el sol. Y lo que los investigadores de Harvard ponen de manifiesto en este trabajo es que en condiciones experimentales este circuito piel-cerebro puede llegar a crear adicción y tolerancia, necesitando cada vez dosis mayores para obtener la misma recompensa placentera. Si esto nos acaba ocurriendo a nosotros, entonces obviamente tenemos un problema.

Que tomar el sol resulte una experiencia atractiva y placentera para muchos de nosotros, y que esto nos induzca a repetirla, tiene un sentido biológico y evolutivo en la medida en que la exposición al sol es nuestra principal fuente de vitamina D. Pero en exceso sabemos que envejece prematuramente nuestra piel y aumenta el riesgo de padecer cáncer de piel, incluyendo algunos subtipos de melanoma

Debemos por tanto estar alerta. Cuando el gusto por tomar el sol sea excesivo y "no lo podamos controlar" tenemos un problema que puede llegar a convertirse en una verdadera adicción mediada por opiáceos endógenos, con dependencia no sólo psicológica, también física, y es probable que necesitemos ayuda médica y psicológica para superarlo. En ocasiones esto puede asociarse a también a tanorexia, situación en la que se persigue de forma obsesiva el bronceado, y la persona se sigue viendo relativamente pálida aunque esté ya claramente morena. Me parece muy ilustrativo e interesante el post al respecto en el blog del Dr. Alfonso Sánchez Carpintero, psicólogo clínico integrado en nuestro equipo.

Comprender que estas conductas no responden solamente a "las modas" sino que tienen también unas bases biológicas y psicológicas más profundas nos puede ayudar a entender mejor a las personas que buscan la exposición solar y el bronceado de forma excesiva y patológica. Y nos puede ofrecer recursos para ayudarles cuando estas conductas se convierten en una verdadera adicción, fuera de control.


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