SOLUCIÓN A LA REDUCCIÓN DE LA CAPA DE OZONO: UN EJEMPLO A SEGUIR

La capa de ozono se sitúa en las capas altas de nuestra atmósfera y filtra gran parte de la radiación ultravioleta que llega a la tierra, incluyendo prácticamente toda la luz ultravioleta C. De no ser por ella, la vida en la tierra tal y como la conocemos no sería posible, por el daño que esta radiación ejerce sobre el material genético (el ADN). 

Un nivel limitado de radiación probablemente haya contribuido de forma positiva a la propia historia natural de la vida en la tierra, ya que la generación de algunas mutaciones en el ADN es indispensable para el desarrollo del proceso evolutivo. A su vez nuestras células han desarrollado sistemas para reparar muchas de estas mutaciones. Pero cuando la radiación es excesiva o estos mecanismos de reparación fallan se acumulan las mutaciones y surgen problemas en nuestras células, que favorecen el envejecimiento prematuro o la aparición de cáncer.

A lo largo de la década de los 80 del pasado siglo se detectó una significativa reducción en la capa de ozono, más llamativa en el hemisferio sur, en torno al Polo Sur. La capa de ozono sufre oscilaciones naturales y tiende a reducirse en ambos polos durante la primavera. Pero la emisión de compuestos clorofluorocarbonados (CFC) de origen industrial a la atmósfera incrementó de forma notable este fenómeno, llegando a generar el denominado "agujero de la capa de ozono". Desde el principio se tuvo claro que de persistir esa tendencia aumentaría de forma notable la incidencia de cáncer de piel en amplias zonas del globo, además de producir otros efectos indeseables en el ámbito ecológico, del que al final dependen nuestra salud global y nuestras posibilidades de supervivencia como especie.

La gravedad del tema llevó a la firma en 1987 del "Protocolo de Montreal", destinado a reducir primero y erradicar después el uso industrial de CFC. Muy recientemente se ha publicado en la prestigiosa revista Science un trabajo que revela los efectos claramente positivos de esta medida, y la tendencia que ya parece firme, aunque lenta, hacia la resolución del problema de la reducción de la capa de ozono.

Los asuntos ecológicos se prestan fácilmente a la demagogia y a un peligroso y temerario juego de intereses creados alrededor de los mismos. El problema del agujero de ozono es un ejemplo relevante del camino a seguir ante estos problemas: investigación rigurosa para conocer la naturaleza del problema y sus causas evitables, y acciones globales, consensuadas y eficientes para evitarlas. El calentamiento global del planeta es sin duda un problema muchísimo más complejo, y de consecuencias ecológicas y sociosanitarias potencialmente más graves. Exige también tomar medidas consensuadas y rápidas para aplacarlo. Su coste será muy elevado, pero sin duda menor que los costes derivados de no hacer nada, o de no hacerlo con la rapidez y contundencia que exige el problema.


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