COVID-19: MASCARILLA-HIGIENE-DISTANCIA, POR ESE ORDEN




¿Creen que evoluciona bien la epidemia de covid-19 en España? Yo NO. Hemos dejado atrás un necesario y estricto confinamiento que nos permitió controlar y doblegar a la primera y devastadora ola de covid-19 en España. Estamos en verano. La mayoría de actividades lúdicas o recreativas las podemos hacer en espacios abiertos. Si deseamos comer fuera es fácil encontrar restaurantes con terrazas al aire libre para hacerlo. Aún hay poco turismo y aún nos visitan pocos extranjeros por motivos de trabajo, con restricciones severas a los que proceden de países con epidemia en fase muy activa. Y este peculiar curso académico ya ha concluido en colegios y universidades. Ni los niños ni los jóvenes han vuelto a sus clases. Es decir, buena parte de los factores de riesgo para que se genere una nueva ola de covid-19 ahora, de manera temporal, no se dan, o se dan en su mínima expresión y, al menos en teoría, de forma muy controlada y monitorizada. Pero en las últimas semanas rara vez hemos bajado de 100 a 200 contagios diarios registrados (fecha, 8 de julio, se declararon 257). Esto fácilmente puede implicar que haya 500 a 600 contagios diarios, ya que muchos son asintomáticos o muy leves, ni se enteran del contagio, ni acuden al médico por ello, ni se registran. Aunque sí contagian. Y son tantas las noticias sobre rebrotes puntuales, que ya hay quien habla de “brote de rebrotes”. Nada verdes, por cierto.

Si la primera ola de covid-19 ha dejado algo claro es que para enfrentarse al virus SARS-Cov-2 hay que ser tan inteligentes como proactivos. La gran cantidad de infectados asintomáticos hace que la epidemia se nos presente como un iceberg en expansión, que a partir de un momento dado se expande además exponencialmente. Durante varios meses la punta del iceberg (los pacientes graves) es tan pequeña y se expande tan despacio que apenas nos damos cuenta del peligro al que finalmente nos vamos a enfrentar. Y cuando la punta es lo suficientemente amplia el iceberg es tan enorme que el impacto es simplemente inevitable y tremendamente destructivo para nuestra sanidad y para nuestra economía. Por razones tan obvias que no es necesario comentarlas ahora. Con un poquito de memoria no anestesiada es suficiente.

SARS-Cov-2 es un virus de transmisión esencialmente respiratoria. Y la patología dominante que produce es también esencialmente respiratoria, aunque las complicaciones a que da lugar en los casos más graves de covid-19 puedan afectar a nuestro sistema vascular y a muchos otros órganos. En cualquier persona infectada el virus comienza a replicarse esencialmente en el epitelio de nuestras vías respiratorias altas. El virus anida inicialmente en nuestra garganta y desde ahí es desde donde podemos transmitírselo a otras personas, emitiéndolo desde nuestra boca y nuestras fosas nasales al respirar, hablar, cantar, gritar, toser o estornudar. De menos a más, por este orden. Es, por ejemplo, patético haber visto a tanta gente en estos últimos meses “protegiéndose” con guantes y sin llevar mascarilla. ¿Hablamos del virus SARS-Cov-2 o del virus de las verrugas cutáneas?

Han sido también patéticas las discusiones y explicaciones al inicio de esta epidemia en nuestro medio acerca de la utilidad de las mascarillas. Cuando veíamos imágenes de China en enero y en febrero con todo el mundo con mascarillas por las calles, ¿pensábamos que eran imágenes de un juego de ordenador? ¿O que ellos son tontos y nosotros muy listos? ¿Y qué debemos pensar ahora, casi 40.000 muertos después? Pues salgan a la calle, y sorpréndanse.

También es patético que a estas alturas de la película aún se debata en el entorno de la OMS sobre si el virus se transmite o no por el aire. ¿Cómo? ¿También ellos confunden a este virus con los virus de las verrugas cutáneas? Ciertas discusiones puramente técnicas están resultando en mi opinión extremadamente perjudiciales cuando se trasladan a la opinión pública de forma acrítica pues cuestionan la utilidad de las mascarillas y dan argumentos a quienes no se las ponen cuando deberían hacerlo porque “son incómodas, y además, de utilidad dudosa”. ¿Piensan quienes no se las ponen cuando debieran que son mucho más cómodos los trajes EPI que se tienen que poner durante horas los sanitarios que atienden a casos sospechosos en Centros de Salud o en Servicios de Urgencias, o a pacientes confirmados en plantas hospitalarias o en UVIs? La discusión sobre si este virus se transmite preferentemente a través de gotas de saliva grandes, de gotículas muy pequeñas o de aerosoles capaces de permanecer en el aire por varias horas es en este momento estéril. Hay suficientes evidencias científicas de que lo puede hacer de cualquiera de estas formas, con independencia de cuál sea la dominante. Y debemos protegernos adecuadamente frente a todas ellas. Y eso sólo se consigue de una forma: MASCARILLA. La higiene de manos frecuente, también. Y la distancia social, también. Pero no sustituyen a la mascarilla. Sólo la complementan. El virus se replica esencialmente en nuestra GARGANTA, y NUNCA lo hace en los objetos que nos rodean, aunque pueda permanecer en ellos por un cierto tiempo hasta inactivarse de forma espontánea (o facilitada por los desinfectantes apropiados). Por cierto, nunca llega el virus a objeto alguno, de ninguna forma, si antes no ha salido de alguna garganta. A lo mejor, de la tuya. El virus por otra parte, así como las microgotas de saliva donde viaja, no hace caso a las señales de tráfico. “STOP virus, has sobrepasado la distancia de seguridad de 1,5 metros”. En los juegos de ordenador puede funcionar. En la realidad, NO. Ni la mascarilla, ni el lavado frecuente, ni la distancia social, aisladamente, nos ofrecen protección absoluta. La combinación de las 3, casi siempre SÍ. Pero por este orden: mascarilla primero, limpieza después y distancia social para terminar. Lo razono a continuación.

Empezaré recordando que el 29 de abril publiqué un post en este blog donde me pronunciaba a favor de que TODOS (sin matices) y SIEMPRE (con algunos matices) saliéramos de nuestra casa con mascarilla y no nos las retiráramos hasta volver a ella. En aquel momento mantuve algunas discusiones con algunos colegas, incluyendo virólogos, que mantenían aún posiciones críticas hacia la utilidad de las mascarillas y eran aún escépticos hacia la importancia de la transmisión del virus simplemente por el aire. ¿Quién tenía razón? Lean por ejemplo los trabajos relativamente recientes publicados en Nature Medicine,  Science,   PNAS  o Lancet,  por citar sólo algunos ejemplos significativos, y saldrán rápidamente de dudas. Cuando publiqué ese post las mascarillas aún no eran de uso obligatorio en nuestro ámbito en ninguna circunstancia. Días después, el 4 de mayo, publiqué un post adicional incidiendo en las propiedades e indicaciones de los diferentes tipos de mascarillas. Ese mismo día se hizo obligatorio su uso en los medios públicos de transporte en España. SOLO en ellos. Error clamoroso. ¿Por qué SOLO en ellos? En este segundo post mencionaba el peligro de las mascarillas ffp2 equipadas con válvula de exhalación, y pedía que se prohibiera su uso en el contexto de esta epidemia. Si no estoy mal informado, sólo muy recientemente se han prohibido en la Comunidad Autónoma de Galicia. Lo verdaderamente sorprendente no es que se haya tardado tanto, sino que sólo se hayan prohibido ahí. ¿Seguimos sin enterarnos cómo funcionan los distintos tipos de mascarillas y de qué va esto?

En ambos posts, y en otro adicional que publiqué días después sobre los erroresiniciales cometidos frente a la epidemia de covid-19 insistía que en que para la población general no había que ver en las mascarillas una forma de autoprotección, sino una forma de proteger a los demás. Esto está muy condicionado por el alto porcentaje de infectados asintomáticos y por el hecho de que los infectados que serán sintomáticos transmiten el virus desde varios días antes de iniciar los síntomas. De forma que durante una fase de epidemia activa (y en ella seguimos, es increíble que haya gente que no se entere o no se quiera enterar), para disminuir la propagación de este virus hay que insistir básicamente en medidas que eviten que lo transmita cualquier persona que se considere “sana y no contagiada”. Los que se saben enfermos es obvio que irán al médico y serán aislados (salvo conductas que entrarían ya dentro del delito contra la salud pública). Una persona que se sabe enferma difícilmente podrá contagiar a nadie más que a quienes la cuidan. Y éstas con seguridad adoptarán razonables medidas de protección. El problema de la propagación incontrolada del virus, capaz de generar una segunda ola de nefastas consecuencias sanitarias, económicas y sociales no está ahí. El problema reside en ti o en mí, si porque nos encontramos bien no nos ponemos mascarilla siempre que debamos hacerlo. ¿Y cuándo debemos hacerlo? Muy sencillo: fuera de nuestra casa, SIEMPRE (con mínimas y muy concretas excepciones). Y dada la evolución actual de la epidemia, esto debería de ser OBLIGATORIO, YA.

Créanme, después de lo pasado en la primera ola y de las consecuencias sociales y económicas que estamos arrastrando y vamos a arrastrar por ello es “alucinante”  que el concepto de proactividad no siempre esté en el catálogo de nuestras autoridades ni de amplios sectores de nuestra sociedad. El ejemplo en este momento más obvio (pero en 2 o 3 días puede ser otro) es el caso de Lérida. Después de tener que confinar a cerca de 200.000 personas por un rebrote grave, ¿ahora se les ocurre a las autoridades sanitarias catalanas hacer obligatorias las mascarillas en cualquier entorno y situación fuera de nuestro domicilio? ¿Y qué hacen las autoridades sanitarias en otras comunidades autónomas? Ante SARS-Cov-2, si vamos por detrás del virus, siempre gana el virus. ¿Cuántos miles de muertos más, cuántas miles de empresas quebradas o difícilmente viables más, y cuántos cientos de miles de parados más necesitamos para entenderlo?

Uno puede entender la proactividad aquí de muchas formas. Tanto en medidas de protección como en medidas de detección y confirmación de casos, así como en medidas asistenciales. Todo suma. Y yo, que he alabado a las autoridades de la Comunidad de Madrid en este blog por la brillante puesta a punto del Hospital de IFEMA (acción no proactiva, sino reactiva, aunque en su momento absolutamente necesaria y ejemplar) espero tener que alabarlas en el futuro porque nunca más necesitemos recurrir a una solución como esa, al menos en relación a covid-19. Ni a confinarnos. Y el punto crítico aquí es muy claro: ¿dónde se replica el virus en todos los asintomáticos que no saben que lo tienen y desde dónde inicia su dispersión y CUALQUIER forma de contagio? DESDE NUESTRA GARGANTA. Punto. Eslogan consiguiente que propongo (ahora que el marketing triunfa): “Confina al virus en tu GARGANTA para que él no te confine en tu casa”. Es decir, MASCARILLAS adecuadas y OBLIGATORIAS por ley, para TODOS y SIEMPRE que uno esté fuera de su domicilio, con mínimos matices y excepciones.

Hay una excepción muy obvia y muy razonable: si uno acude a un restaurante, a una terraza o a un bar a comer o beber, mientras se come o mientras se bebe por supuesto que uno se quita la mascarilla. Pero con frecuencia comparten una misma mesa familiares y/o amigos que no conviven juntos. Y con frecuencia gran parte del tiempo que están allí sentados están conversando, no comiendo o bebiendo, y permanecen sin la mascarilla. Una gran irresponsabilidad, porque de existir un portador asintomático del virus entre ellos están incrementando el riesgo de contagio más allá de lo mínimo imprescindible. Y quienes comparten mesa casi nunca pueden guardar entre sí esa distancia “teórica, insisto, sólo teórica” de seguridad en torno a 1.5-2 metros. Ni sería viable hacerlo. Asumir un mínimo riesgo de contagio puede ser razonable, el riesgo cero no existe. Y la vida sigue y nuestra economía y nuestra vida social deben volver a funcionar lo antes posible y lo mejor posible. Pero aumentar ese riesgo por desidia o por simple “comodidad”, porque estar con mascarilla no es cómodo, es de una enorme irresponsabilidad. Cuando la epidemia está aun plenamente activa. Cuando no paran de “brotar los rebrotes”. Y este es sólo un mínimo ejemplo de muchas de las circunstancias a diario en que no se usan las mascarillas como se debiera. Hacerlas obligatorias tan sólo en transportes públicos y condicionar su obligatoriedad en otros espacios cerrados o abiertos a que se pueda o no mantener la distancia de seguridad es un gravísimo error en estos momentos, porque en muchos sitios donde en teoría se podría mantener dicha distancia en la práctica no se mantiene. Y asumimos por ello un riesgo de contagio que ahora mismo es inasumible. Por supuesto, el riesgo es mayor en espacios cerrados (donde en muchos ámbitos ya sí es obligatoria) pero no es cero en espacios abiertos y con otras personas en proximidad. Algunas imágenes de aglomeraciones en las playas o de reuniones de jóvenes en ámbitos muy diversos (por supuesto, sin mascarilla) simplemente estremecen.

¿Por qué hago tanto énfasis en el uso de mascarilla por delante de la higiene y la distancia social? En primer lugar porque, insisto una vez más, el virus se replica en nuestra garganta y sólo desde ahí puede salir y contagiar. Dirijamos pues la primera y universal medida al primer punto crítico y bien conocido desde donde nos desafía el virus. Si lo hacemos TODOS y lo hacemos bien, cualquier fallo en las medidas adicionales será en general poco relevante. Controlar por otra parte que todo el mundo lleve mascarilla es facilísimo. Controlar que todo el mundo se esté limpiando las manos con frecuencia no lo es tanto. Y mantener en todo momento la debida distancia social a menudo es imposible e incompatible con el desarrollo de muchas actividades tanto laborales como recreativas. Y ya no depende exclusivamente de cada uno. Insistamos por ello en aquello que a pesar de ser a menudo incómodo es más fácil de hacer en cualquier circunstancia y más fácil de controlar que se haga correctamente. Incluyendo, por cierto, a los niños. Niños que son perfectamente capaces de jugar con disfraces y caretas, ¿no puede usar mascarilla de forma obligatoria después de una primera ola que ha dejado cerca de 40.000 muertos cuando sabemos que ellos no suelen enfermar pero perfectamente pueden transmitir el virus entre ellos y hacia personas de su entorno de mucho mayor riesgo?

El virus SARS-Cov-2 de momento no nos da alternativa. O actuamos muy proactivamente en todos los frentes donde es posible hacerlo intentando conjugarlo con una economía activa y con un desarrollo razonablemente seguro de la mayoría de nuestras actividades laborales, culturales y recreativas (incluyendo por supuesto el turismo y la restauración) o lentamente nos vuelve a ganar la partida, dramáticamente volvemos a reaccionar tarde y cuando ya la partida esté perdida deberemos volver al confinamiento y a la suspensión de múltiples actividades y de la movilidad. Y en un país como España, y en una Comunidad como Madrid, es fundamental la imagen que proyectamos hacia el exterior. Podemos ser ejemplo del control eficaz de la epidemia (no sólo monitorizar muy bien los contagios, sino en gran medida evitarlos) o ser ejemplo (mal ejemplo) de lo contrario. Si nos ven como modelo de zona segura (porque nuestras cifras así lo indiquen) seremos muy atractivos para negocios y turismo, y quienes vengan entenderán bien la importancia de asumir nuestras propias reglas de seguridad. Si no lo logramos, mucho marketing y mucho bla bla bla, pero sabemos todos perfectamente lo que nos espera.

No hay otra opción en el momento actual, con la dinámica actual de la epidemia. Y tanto nosotros a título individual como las autoridades sanitarias y administrativas debemos entenderlo. Y actuar y legislar en consecuencia. Mantener la tríada MASCARILLA-HIGIENE-DISTANCIA SOCIAL es ahora mismo básico e irrenunciable y EL USO DE MASCARILLA FUERA DE NUESTRO DOMICILIO DEBE SER OBLIGATORIO, con contadísimas excepciones, para no perdernos en normativas tan farragosas como inoperantes y que no sirvan al final más que para dar excusas a los irresponsables que con mucha más frecuencia de la asumible ahora no las usan correctamente, aunque en la barbilla o en el codo a menudo luzcan tan bien. Habrá que investigar cuál es el sorprendente virus que se transmite desde ahí.

Habrá quien piense: mejor apelar a la responsabilidad social, individual y colectiva, que hacer obligatorio el uso de las mascarillas fuera de casa (insisto, con muy contadas y concretas excepciones). ¿Consideraría quien así piensa que es suficiente con apelar a la responsabilidad social para que la gente use el cinturón de seguridad en el coche o para limitar la velocidad de los coches en nuestras carreteras? En 2019 murieron algo más de 1.000 personas por accidentes de tráfico en España. Entre marzo y mayo del presente año  han fallecido cerca de 40.000 personas por covid-19. ¿Actuamos muy proactivamente y con recomendaciones y normas legales muy claras y precisas para evitar una segunda ola de covid-19 o esperamos a reaccionar cuando ya la tengamos encima? Porque hay un último apunte muy curioso que quiero enfatizar. ¿El virus SARS-Cov-2 va a producir una segunda ola en nuestro medio? No prostituyamos el lenguaje ni seamos infantiles. El virus SARS-Cov-2 no produce ola ninguna, simplemente se transmite desde la garganta de alguna persona contagiada hasta la garganta de algunas personas que no lo están. La “segunda ola”, sabiendo lo que ya sabemos, si la hay, no la habrá producido el virus, que ni es listo ni es tonto, ni siquiera está claro que en sentido estricto el virus sea un ser vivo. La segunda ola la producirá nuestra desidia, nuestra inacción, y/o nuestra irresponsabilidad. Igual que si triunfamos lo haremos gracias al conocimiento, la responsabilidad y la solidaridad de todos. Y con la ayuda de una legislación adecuada a la magnitud del reto en cada momento: MASCARILLA OBLIGATORIA PARA TODOS FUERA DEL DOMICILIO HABITUAL, YA!!!




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