VENCER A LA COVID-19: PROACTIVIDAD, PROACTIVIDAD, PROACTIVIDAD

 


¿Van las cosas en relación a covid-19 como nos gustaría? ¿Van como esperábamos que fueran para las fechas veraniegas en que aún estamos? ¿Van como deberían de ir para empezar el curso académico con razonable tranquilidad y perspectiva de continuidad a corto plazo? ¿Estamos a día de hoy como deberíamos de estar para iniciar la reconstrucción de nuestra economía? Si la respuesta es NO (y en mi opinión la respuesta es NO) TODOS tenemos ahora un grave problema. ¿Por qué estamos así?

 

En el post que publiqué en este blog el 18 de mayo mencionaba algunos errores obvios que habíamos cometido al inicio de esta pandemia. Vamos a ser generosos y vamos a atribuírselos básicamente a la ignorancia, aunque no deberíamos olvidar que la ignorancia no está precisamente entre los méritos para ocupar ciertos puestos. Algunos de esos errores, junto a algunas circunstancias puntuales que coincidieron temporalmente en el caso de España, hicieron que la primera ola en nuestro país fuera particularmente dramática y letal. Es probable que nuestra peculiar idiosincrasia (muy positiva en muchos momentos), favorecedora de los contactos sociales y de la proximidad física y emocional (que no son independientes), tanto entre familiares como entre amigos y conocidos, nos lo haya puesto más difícil a nosotros y mucho más fácil al virus. También el turismo (del que no es opción prescindir). Pero una vez que acabó la primera ola, todo esto ya lo sabíamos y debería de habernos valido para prevenir o al menos retrasar y minimizar una eventual segunda ola. No ha sido así. La segunda ola ya está aquí. Muchísimo antes de lo previsto, y en un momento particularmente problemático para todos: regreso de vacaciones (con enorme riesgo por ello de favorecer contagio intrafamiliar si se reincorporan al núcleo familiar algunos jóvenes infectados y asintomáticos) y reinicio del curso escolar, que puede favorecer circulación del virus entre niños y jóvenes, de forma habitualmente asintomática, con posterior contagio intrafamiliar hacia sectores menos juveniles y con mucho mayor riesgo de enfermar gravemente.

 

Si todo esto lo sabíamos: ¿por qué se han hecho las cosas tan mal durante el verano en España? ¿O no lo sabíamos? ¿Qué mensajes recibimos durante los meses de mayo y junio? ¿Información veraz y contrastada sobre cómo se había comportado el virus entre nosotros y cómo lo haría en el futuro si nos descuidábamos? ¿O propaganda y marketing induciendo a un optimismo infantil y ocultando los riesgos reales a los que nos podríamos enfrentar  a corto y a medio plazo si hacíamos las cosas mal? ¿Realismo educativo y necesario o anestesia social improcedente?

 

Hay quienes suponen que la respuesta a la covid-19 sistemáticamente enfrentará a sanidad y economía. Absolutamente falso. Son las respuestas tardías y equivocadas las que de verdad las enfrentan. No podemos negar, como bien sabemos los médicos, que algunos remedios tienen inevitablemente algunos efectos secundarios. Pero retrasar determinadas actuaciones selectivas en la esfera sociosanitaria por miedo a sus efectos secundarios en la esfera económica puede conducirnos a que el drama sanitario sea aún mayor, lo que inevitablemente aumentará el desastre económico posterior. Con frecuencia estoy oyendo decir en estos días (con énfasis en los famosos tertulianos que saben de todo) que nuestra economía no podría soportar en los próximos meses un nuevo confinamiento. No seamos ingenuos. Esperen a que el sistema sanitario colapse de nuevo, y hablamos. Esperen a que no sólo una covid-19 grave ponga en riesgo nuestra vida porque coincidan miles de pacientes con covid-19 grave en muy pocas semanas y saturen al sistema, sino que lo haga también una simple apendicitis porque no haya recursos asistenciales disponibles para diagnosticarla y tratarla a tiempo. Entonces hablamos de economía, si se atreven. Y lo peor es que ese eventual confinamiento sería la mejor prueba de que llegamos tarde. Confinarnos no merece ninguna medalla. Es reconocer un  fracaso previo y sin paliativos. Respuesta puramente reactiva, incapaz en el corto plazo de prevenir o minimizar el desastre. Y solo eficaz en el medio plazo (6 a 8 semanas) para doblegar la ola. ¿No recuerdan lo que nos pasó y sobre todo cómo nos pasó en marzo y abril?

 

En el post que publiqué el 16 de julio, en su parte final, explicaba por qué en mi opinión es tan importante actuar frente a covid-19 de forma muy proactiva, no reactiva. Atiendan a esta secuencia: te contagias en tu día 0, empiezas a tener síntomas en tu día 7, te encuentras verdaderamente mal en tu día 14 y ya estás hospitalizado, la evolución ha seguido siendo muy mala y ya estás en la UCI en el día 21…¿Cuándo llegará el silencio definitivo, del que ya no despertarás nunca? 2 a 3 semanas después en muchos casos. Fin. Toda la secuencia nos lleva unas 5-6 semanas, a veces incluso alguna más. Es muy importante comprender esta secuencia temporal para entender en qué momento de la evolución de esta epidemia debemos de empezar a preocuparnos, y por tanto a actuar. Los pacientes que entran en UCI, y aún más los que fallecen, no se han contagiado precisamente en los días previos. Las UCI aún vacías no son un signo particularmente positivo cuando los contagios se están disparando. Simplemente nos estamos fijando en el indicador que en ese momento no nos informa adecuadamente de la situación. En la covid-19, cuando cientos de miles de personas ya han entrado en esta secuencia, y no precisamente a la vez aunque sí en poco tiempo (lo que dura un verano, por ejemplo) la suerte suele estar echada muchas semanas antes de que nos demos cuenta de cuál va a ser el desenlace. Y cuando nos damos cuenta, buena parte del desenlace ya estará escrito, y no será nada agradable. Claro, que para evitar esto están los expertos, pero en epidemiología  y medicina preventiva, no en marketing.

 

Una de las claves para entender la necesidad de ser muy proactivos frente a la covid-19, mientras no tengamos una vacuna eficaz y segura, es que la secuencia anterior tan sólo se completa en el 1% de los contagiados (pero un 1% de varios millones de contagiados son varias decenas de miles de muertos, 40.000 sin ir más lejos en España entre marzo y mayo). Es más, para muchos de los contagiados casi nada de esto ocurre. No pasan de la primera fase. Ni se enteran. Son los asintomáticos. Pero su papel en el drama de la covid-19 es estelar: son muchos de los que contagian y contribuyen a la dispersión del virus y a generar lentamente una nueva ola. La mayoría son jóvenes. También juegan un importante papel los presintomáticos. No siempre tan jóvenes. Van a seguir adelante en esa secuencia, pero ya están contagiando antes de saberlo. Todo esto, por ejemplo, no ocurría así con el anterior brote del peligroso coronavirus MERS-Cov. Con una letalidad del 30% (muy superior a la de nuestro actual coronavirus), apenas ha matado a 1.000 personas en todo el mundo desde 2012. El brote de un virus respiratorio muy grave pero que apenas contagia en su fase presintomática, y que no suele cursar de forma asintomática sino al contrario, con signos obvios de enfermedad, hace fácil interrumpir la cadena de contagios actuando de forma puramente reactiva. O poco proactiva. Con SARS-Cov-2 es al contrario. Es la lección que nuestras autoridades sanitarias deberían de haber aprendido de los verdaderos expertos  en este campo y nos deberían de haber transmitido en mayo y junio (repasen por ejemplo las reiteradas declaraciones de Margarita del Val, experta viróloga del Centro de Biología Molecular, CSIC-UAM, desde junio hasta ahora, y extraigan conclusiones. Todo está en Google, si quieren buscarlas).

 

La PROACTIVIDAD debe llevarnos a adelantarnos a los acontecimientos y a actuar en consecuencia. A veces para obtener beneficios. En ocasiones las circunstancias no nos permiten aspirar a beneficios, simplemente a minimizar los daños. Es lo que ocurre con la covid-19. “Hemos vencido esta batalla al virus y salimos más fuertes”, ¿recuerdan? Cuando teníamos tanto que hacer por delante para mantener controlado al virus entre nosotros, esos mensajes triunfalistas probablemente sobraban. No había llegado aún su momento (ni sabemos aún bien cuándo llegará). Claro…los del marketing…Aparte, proactividad es una cosa, y las “ocurrencias” son otra cosa, por si lo dudaban.

 

Si analizan la secuencia que he descrito tres párrafos más arriba caerán fácilmente en la cuenta de que desde que empiezan los contagios hasta que el sistema sanitario se resiente por ello pasarían como mínimo 3 semanas, que es cuando algunos pacientes se pondrán graves y necesitarán hospitalización. Una semana más hasta que se enteren de ello en las UCIs. Y varias semanas más hasta que empiece a aumentar de forma llamativa la lista de fallecidos. Pero en realidad esto NO es así, en realidad es muchísimo más lento (lo que nos da de entrada más margen para actuar con eficacia, aunque magnifica el error de no hacerlo). Porque la mayoría de pacientes infectados por SARS-Cov-2 no completan esta secuencia, ni siquiera progresan en ella más allá de la primera fase. Se contagian, y contagian. Expanden la circulación del virus entre nosotros. De forma silente. Casi nada más. Asintomáticos u oligosintomáticos. Especialmente si las personas mayoritariamente infectadas son jóvenes. Que es exactamente lo que ha estado ocurriendo en España a lo largo del presente verano. Es decir, si queríamos un septiembre tranquilo, deberíamos de haber tomado medidas el 15 de junio, cuando la infección se expandía entre gente joven sin apenas problemas clínicos, y no el 15 de agosto, cuando las cifras de contagios diarios han empezado a asustar de nuevo  y nuestros hospitales han empezado a “calentarse”. Lo he repetido mucho en mis posts previos al respecto: las reglas de este juego las pone el virus, no nosotros. Una oleada de génesis lenta y casi inaparente nos puede parecer una buena noticia, y más si estamos de vacaciones, pero se puede acabar comportando exactamente como lo hace un tsunami. Cuando lo ves venir con tus propios ojos suele ser tarde para que no te arrastre en su impacto.

 

¿Estoy diciendo que deberíamos de habernos confinado en junio? ¿Deberíamos haber suprimido el turismo? ¿Deberíamos haber mantenido cerrados nuestros hoteles, terrazas y restaurantes? NO. NO. NO (yo he estado pasando parte del verano en un Parador, con absoluta tranquilidad y no he dejado de acudir a terrazas y restaurantes al aire libre en todo este tiempo). Es mucho más simple y sencillo que todo eso: Mascarilla-higiene-distancia. Por TODOS y SIEMPRE que estuviera indicado. ¿Lo hemos hecho así? Seamos realistas. NO. Al menos NO en la medida en que era necesario hacerlo, por TODOS. Porque frente a la covid-19 la palabra clave es TODOS. O casi TODOS lo hacemos casi TODO bien, o TODOS acabaremos pagando las consecuencias de los que no lo hacen así.  Nuestro verano ha estado plagado de errores y de irresponsabilidad. No generalizada. Pero sí lo suficientemente amplia como para no acabar completamente de abandonar la estela de la primera ola y meternos de lleno en la segunda ola mucho antes de lo previsto. A lo largo del mes de junio no lográbamos bajar prácticamente en ningún momento en España de 100 contagios diarios detectados con PCR (los no detectados serían sin duda muchos más). Junio y primeros de julio fueron los momentos adecuados para detectar y reconocer errores y actuar proactivamente pensando en septiembre. No se hizo. En ese momento debieron de acometerse campañas de educación sanitaria serias e impactantes al respecto, dirigidas preferentemente a los grupos de mayor riesgo de estar favoreciendo la transmisión del virus. Debieron de tomarse algunas medidas a veces dolorosas y drásticas pero claramente necesarias entonces, como suprimir la actividad de los sectores donde de forma más obvia e irresponsable se estaba fallando, por supuesto con un programa de ayuda económica que evitara la quiebra de las empresas afectadas y evitara enviar después al paro a los trabajadores del sector (estoy pensando, obviamente, en el ocio nocturno). No se hizo. Junio-julio era el momento para que la maquinaria de rastreo estuviera funcionando ya a pleno rendimiento, para garantizar que los brotes locales se quedaran solo en eso, o detectáramos con rapidez dónde y por qué se estaba fallando, además por supuesto de aislar a todos los contagiados. No se logró de forma óptima. Sin embargo y frente a esto, lo habitual era oír: “todo controlado, territorio seguro, hospitales casi vacíos de covid-19, vamos bien”. Que este fuera el análisis de cualquiera de nosotros, que no somos expertos, vale. ¿Pero, y el de los expertos? Claro, depende de a qué expertos estuviéramos dispuestos a escuchar: ¿virólogos? ¿epidemiólogos? ¿marketing? ¿propaganda?

 

Concluyo con cuatro ejemplos prácticos de proactividad, o de ausencia de ella, seguro que muy cercanos para casi todos:

 

1. ¿Cuándo se hicieron obligatorias las mascarillas en cualquier circunstancia fuera de nuestro domicilio? ¿Y cuándo se prohibió el uso de las que poseen válvula de exhalación? Yo lo pedí en los posts al respecto que publique el 29 deabril y el 4 de mayo. Y no soy experto en este asunto. Por cierto, para los que cuestionan su utilidad, negacionistas por ejemplo: ¡antes habrá que utilizarlas bien y ver qué pasa! Bla bla bla pero todos hemos visto este verano en televisión (o en las pantallas de nuestros móviles) imágenes lamentables de reuniones de jóvenes y fiestas de todo tipo sin guardar distancia y sin mascarilla. ¿Por qué en España la cosa está tan mal si las mascarillas son obligatorias? (pregunta típica de negacionista). ¡Pues porque muchos no las han usado cuando debían, majete! ¿Entraría alguno de nuestros famosos negacionistas en una UCI llena de pacientes con covid-19 sin mascarilla? Por un  tiempo prolongado, para que sus argumentos ganen contundencia. Y echando una mano en el cuidado directo de los pacientes, para que su vena progre y solidaria brille con el esplendor que todo su valor e inteligencia sin duda merecen.

 

2. ¿Cuál ha sido la tónica generalizada en las terrazas este verano? Mucha gente sentada, con notable proximidad en muchas ocasiones, y por supuesto casi siempre sin mascarilla (e insisto que yo he pasado este verano mucho tiempo en muchas terrazas, y aún lo hago). Obviamente, cuando comes o bebes te la quitas. Pero, ¿y el resto del tiempo, que con frecuencia es la mayor parte del tiempo? De hecho, ha sido para mí absolutamente absurdo  ver a gente andando por cualquier calle, a menudo solos y con mascarilla (una situación en la que el contagio es prácticamente imposible), y sin embargo ver al lado una terraza repleta con gente sin mascarilla y en proximidad por un periodo prolongado de tiempo, una situación en la que el contagio, siendo difícil ya no es imposible. Y si hablas mucho, gritas, fumas…menos imposible aún. No digo ya si toses…la alergia claro. ¿Aún no entendemos de qué va esto? ¿O somos tontos? La proactividad frente a covid-19 debería de habernos llevado a acudir a las terrazas y restaurantes, porque nos apetecía, porque contribuía a nuestra actividad social y económica, y porque pasábamos un buen rato con familiares y amigos, pero de forma responsable, minimizando activamente cualquier posibilidad de contagio, es decir, sin quitarnos la mascarilla nada más llegar y olvidándonos de ella hasta salir de allí. ¿Lo hemos hecho así? En general, NO. Y recuerden: con tu mascarilla tú proteges a los demás. Y son las de los demás las que te protegen a ti.

 

3. Se va a iniciar el nuevo curso académico en pocos días: ¿presencial o no presencial? Es obvio para todos que es mejor la opción presencial o semipresencial. ¿Pero cuál es la situación de la epidemia en este momento entre nosotros? ¿Es momento de tomar medidas y esperar que estas medidas sean eficaces para doblegar esta nueva ola de forma inmediata? ¿O deberían de haberse tomado estas medidas preventivas hace 2 meses, cuando había señales obvias de que las cosas no iban bien? Con la covid-19 ya hemos visto que lo que hacemos, para bien o para mal, no suele surtir efecto de forma inmediata. Proactividad. Pero ser proactivo les genera a los políticos un problema obvio de difícil solución: si son muy proactivos y las medidas tomadas resultan muy eficaces, evitando el problema (por ejemplo, habernos evitado estar ya en segunda ola a finales de agosto), habrá quienes les acusen a posteriori de haber generado determinados perjuicios sociales y económicos para ellos “innecesarios” ya que todo iba muy bien (lo que hace la ignorancia) y ha seguido yendo muy bien (el poder de las medidas correctas tomadas a tiempo). ¿A qué nos lleva esto? Muy sencillo. Se espera a tomar medidas a veces drásticas e impopulares al momento en que la gravedad de la situación las hace imprescindibles a los ojos de casi todos. Que es cuando ya no son eficaces para prevenir o minimizar daños. A lo mejor para salir de la crisis sanitaria, sí, pero no para prevenir nuestra entrada en ella. Porque la actuación reactiva ante covid-19 nos sitúa casi siempre 2 meses por detrás del problema o 2 meses por detrás de ver su solución una vez que apliquemos cualquier medida correctora. Vayamos a nuestro caso concreto: no duden que sería mucho más proactivo, eficaz y seguro abrir los centros educativos de forma presencial entre el 15 y el 31 de octubre, con la segunda ola plenamente doblegada (si hacemos lo que ahora toca TODOS bien) que abrirlos a principios de septiembre con la segunda ola en pleno ascenso. Lo que en mi opinión es garantía de que al final habrá que cerrarlos de nuevo, por mucho más tiempo, y en una situación sanitaria y epidemiológica mucho peor. Bla bla bla, pero…¿qué apostamos? (y nada me gustaría más que equivocarme en este punto).

 

4. Confinamiento: mala solución y reconocimiento de nuestro fracaso. Tal y como concebimos aquí el confinamiento, puramente reactivo ante una situación desastrosa, ¿de qué nos vale? Desde luego no para prevenir el desastre, aunque llegue a ser imprescindible para salir de él. Pero, aparte de que si nos confináramos por una segunda ola o cualquiera ola adicional indicaría que lo hemos hecho entre todos muy mal, es que cuando nos confinamos mucha gente entra en el confinamiento ya contagiada, aunque asintomática. El contagio intrafamiliar hará entonces el resto. La ola seguirá por ello golpeando durante varias semanas. Y como nos ocurrió en la pasada primavera, tardaremos casi 6 semanas en doblegar con claridad la curva de contagios. Así es que cuando estamos en pleno ascenso de la segunda ola y oyes decir a quienes dirigen o tutelan nuestra respuesta a la epidemia: “a ver si lo hacemos todo bien en los próximos días para que se puedan abrir los colegios de forma segura y además evitemos el riesgo de llegar al confinamiento”, ¿nos toman por tontos?, o peor aún, ¿son tontos quienes nos lo dicen? Para situarnos en un escenario mínimamente tranquilizador habría que haber hecho las cosas bien en los dos meses previos, no en los días previos. Repasen cómo funciona esta epidemia y cómo responde en el tiempo a nuestras medidas contra ella. Las medidas para corregir errores a tiempo van a tener costes económicos y sociales incuestionables. Pero, ¿alguien en su sano juicio cree que los costes serán menores si esas mismas medidas se toman a destiempo? No seamos ingenuos. Olvídense de que no haya que tomar determinadas medidas muy dolorosas para todos si el sistema sanitario colapsa.

 

¿Y colapsará el sistema sanitario de nuevo en buena parte de España? Si fuera por la irresponsabilidad de sectores significativos de nuestra población, particularmente joven, a lo largo de este verano, les aseguraría que SÍ. Mucho más despacio que en marzo, por una sencilla razón: la circulación del virus predomina aún entre los jóvenes y los mayores están mucho más concienciados y protegidos que en febrero y marzo pasados. Pero el contagio intrafamiliar puede hacer muy difícil contener el paso del virus hacia sectores de población adulta con mucho mayor riesgo de complicaciones. Por esto creo que en las presentes circunstancias no es realista la educación presencial sin asumir riesgos en mi opinión inasumibles. A este respecto nos quedan muy pocos días ya para actuar con cierta PROACTIVIDAD. Como alguna vez he señalado, en plena ola lo ideal ya NO ES OPCIÓN. Optemos al menos por el mal menor y de menor duración.

 

Hay tres factores que a lo mejor nos ayudan a que esta segunda ola no sea tan dramática como la primera y yo, felizmente, me equivoque en algunos de mis pronósticos. Uno es real (a pesar de los negacionistas): mucha gente sí cumple con las recomendaciones de mascarilla-higiene-distancia. Otros dos son hipotéticos: es posible que haya gente genéticamente poco susceptible a infectarse y a enfermar de la covid-19 de forma grave, que no lo hizo en marzo y no lo hará ahora; y es posible también que haya gente con inmunidad celular cruzada frente a otros coronavirus (por linfocitos T, no por anticuerpos) que le protege frente a covid-19. Estos factores, añadidos a la gente que ya sabemos que pasó covid-19 en la primera oleada y ahora está inmunizada (5-10% de la población en España) podrían hacer que la segunda oleada sea mucho más suave y menos letal que la primera, aunque sea más duradera (ya lo está siendo, de hecho). ¿Pero tenemos la certeza de que vaya a ser así al final? Aún NO. Ya que no hemos sido demasiado proactivos durante el verano para que la segunda ola no nos afectara durante el propio verano, ¿nos animamos a serlo ahora para minimizar su impacto o nos limitamos a retransmitirlo en los telediarios? Y en las redes sociales, claro.

 

Covid-19 es, antes que nada, un reto a nuestra inteligencia, a nuestro sentido común, a nuestra responsabilidad y a nuestra capacidad solidaria. Aquí y ahora, ¿estamos ganando o estamos perdiendo la partida? A ver, los del marketing, que pasen. Y a ver qué nos cuentan.

 

P.D.: Un último apunte. Completo apoyo por mi parte a la iniciativa de #Unaestrategiaintegral.  Es el momento de que los verdaderos expertos, en base a criterios estrictamente técnicos, no políticos, den un paso adelante y discutan y sugieran opciones viables para que logremos situarnos un paso por delante del virus SARS-Cov-2. Ánimo y éxito con la iniciativa. Algo lograremos contra la segunda ola. Y muchísimo más contra la tercera.

 


 www.clinicadermatologicainternacional.com


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