VACUNAS COVID-19: ¿PARTE DE LA SOLUCIÓN O PARTE DEL PROBLEMA?

 


Reconozco que cada vez me resulta más tedioso escribir sobre la covid-19 en este blog. Aunque igual hay razones para seguir haciéndolo, con cerca ya de 80.000 muertos por este coronavirus en nuestro país (lo que sugiere unos 7 a 8 millones de contagios reales), muchos de ellos imputables a decisiones tardías o incorrectas, tanto desde los ámbitos de la gestión de la pandemia como desde los ámbitos estrictamente individuales y familiares. Repasemos lo ocurrido en las pasadas Navidades.  ¿Y para cuándo nuestra cuarta ola? Porque se acerca la Semana Santa…Me pongo a oír la canción “Cannonball” de Supertramp…años 80…y se animan mis neuronas…canción cuya letra, por cierto, habla de engaños y mentiras…Voy con las vacunas frente a la covid-19.

 

El 28 de diciembre pasado publiqué un primer post sobre ello. Resumen: estoy a favor de vacunarnos; esto tiene inevitablemente un carácter experimental (y es la única opción actual si queremos situarnos por delante del virus); y como señalaba Richard Feynman, Premio Nobel de Física en 1965 y miembro de la Comisión Rogers que se encargó de investigar el accidente del transbordador espacial Challenger: “nadie engaña a la naturaleza”. A nosotros, sin embargo, se nos engaña fácilmente, o simplemente, nos autoengañamos.

 

Con inusitada frecuencia oigo hablar con un entusiasmo ilimitado y un optimismo muy infantil sobre las vacunas frente a la covid-19 a políticos, gestores, economistas, periodistas, tertulianos de todo tipo, epidemiólogos, virólogos, médicos diversos, etc., etc., etc. De entre estos tres últimos, los mayores y mejores expertos en la covid-19 suelen ser los más cautos. Y el problema no es que no debamos sentirnos esperanzados por lo que estas vacunas hacen. Reducen la gravedad de la covid-19 causada por cepas hasta ahora sensibles a la inmunidad desencadenada por estas vacunas y esto es importantísimo. El problema es que estamos atribuyendo irracionalmente a estas vacunas cosas que estas vacunas aún no sabemos si hacen. En particular: no está claro que eviten los contagios (aunque es posible que los reduzcan si reducen la carga viral y el tiempo de contagiosidad en los infectados vacunados, pero esto está aún pendiente de demostración y cuantificación). Lean al respecto los recientes comentarios del Dr. DeSimone en la página web de la prestigiosa Clínica Mayo  norteamericana o los comentarios al respecto recogidos por la influyente revista Nature, que reflejan las dificultades para responder con certeza a este importante interrogante. Esto cuestiona que con ellas podamos alcanzar en sentido estricto una “inmunidad de rebaño”, ya que la gente no vacunada o con un sistema inmunológico más débil podría seguir contagiándose (y a veces enfermando gravemente) partir de gente vacunada asintomática (entre la que el virus podría seguir circulando). Y esto hace extremadamente peligrosa una estrategia de “convivencia con el virus”, porque el SARS-Cov-2 ya nos ha demostrado que en poco tiempo es capaz de generar mutaciones que conducen a nuevas variantes y cepas capaces de burlar, al menos en parte, a la inmunidad generada por las actuales vacunas.

 

El optimismo injustificado frente al virus SARS-Cov-2 hasta ahora nos ha dado resultados nefastos. No les voy a aburrir con un listado de ejemplos al respecto, que por otra parte he mencionado reiteradamente en posts previos. Sólo un ejemplo reciente: en noviembre, ante la cercanía de las Navidades y la evolución de la pandemia, las autoridades sanitarias de ámbitos muy diversos en nuestro medio establecieron o mantuvieron determinadas medidas “moderadamente restrictivas” (la economía, ya saben) anunciando que con ello confiaban en que entráramos en las Navidades con una incidencia quincenal acumulada de casos por 100.000 habitantes por debajo de 25, lo que habría reducido notablemente el riesgo de gestar una tercera ola grave en ese momento. Pero entramos en Navidades con una incidencia acumulada de casos simplemente 10 veces superior. ¡Y no cambiaron apenas nuestros planes! O se tomaron tan sólo medidas claramente insuficientes y sobre todo claramente tardías. La crónica perfecta de un desastre anunciado y de una tercera ola que no supimos en España ni evitar ni minimizar y que probablemente nos acabará dejando unos 20.000 muertos de recuerdo. Soy un ignorante al respecto y necesito que alguien me explique los “efectos positivos” de esta tercera ola sobre la economía. Al menos en las zonas de Madrid por donde yo me muevo los hoteles que reciben a turistas nacionales y sobre todo internacionales se mantiene cerrados desde hace muchos meses. Habría probablemente mucho que discutir sobre si la “convivencia con el virus” y con “oleadas como las nuestras” es a medio y largo plazo la mejor opción, incluso desde un punto de vista estrictamente económico.

 

Así las cosas, ¿no hay salida a corto plazo? ¿Pesimismo paralizante sin más, a la espera de ver los resultados de las vacunas cuando cerca de un 70-80% de la población esté vacunada, lo que va a llevar mucho más tiempo del inicialmente (e ingenuamente) previsto? No. Muchos expertos se han pronunciado reiteradamente a favor de medidas restrictivas severas y breves (muy importante: ¡severas y breves!) para alcanzar en poco tiempo incidencias acumuladas inferiores a 25. Yo estaba de acuerdo con este planteamiento antes de Navidades (no se hizo) y sigo estándolo ahora. Y creo que deberían implantarse de forma estrictamente ligada a determinados parámetros epidemiológicos conocidos por toda la población, con absoluta claridad y transparencia. No puede ser que una parte relevante de la población se acostumbre a reaccionar con mayor cuidado y responsabilidad solo cuando los muertos se cuentan por centenares a diario, como nos ha ocurrido en la segunda y tercera olas. Hay que reaccionar inmediatamente ante un aumento peligroso de los contagios. Y reaccionar no es “esconderse en casa”. Podemos ser igualmente eficaces con medidas mucho más selectivas, si de verdad se cumplen, matiz importante. Se pueden mantener muchas actividades con amplitud de movilidad y de relaciones sociales y actividades que con el debido cuidado tendrían un mínimo riesgo de contagio. Pero si las cifras indican que no se está haciendo así, tomar medidas adicionales drásticas (y rápidas, para no ir sistemáticamente muy por detrás del virus) no debería ser una cuestión política o judicial sino una decisión puramente técnica, inmediata  y extremadamente transparente para todos. Si debo elegir entre nuestro modelo de actuación o el modelo Australiano o Neozelandés, claramente me quedo con estos últimos. Incluso desde una perspectiva estrictamente económica, eso sí, no cortoplacista. Francamente, ¿quién espera una recuperación amplia y sostenida de la hostelería y el turismo si lo mejor que hemos podido ofrecer en los últimos 6 meses es una incidencia quincenal acumulada 10 veces superior a lo que se consideraría fuera de peligro? Y empezamos ahora a “relajar” medidas con niveles de incidencia acumulada superiores a 250, catalogados por las propias autoridades sanitarias como de “riesgo extremo”. Lo lógico, ¿no les parece? Para ir de ola en ola, claro. Justo lo que necesita nuestra economía (?) y lo que esperan los turistas para buscar de momento un mejor destino o, al menos, más seguro.

 

Me centraré ahora en lo que podemos esperar de las vacunas frente a la covid-19 en nuestro medio, que sin duda pueden y van a ser parte de la solución. Pero si nuestros objetivos y expectativas resultaran equivocados, podrían ser también parte del problema (y con la covid-19 el problema siempre se acaba traduciendo en miles de muertos adicionales y frenazo a cualquier opción realista de recuperación económica, digan lo que digan “los del marketing”). Lo expongo en 5 puntos:

 

1. Nos dijeron en un principio que este virus muta poco. Cierto, pero sólo en parte. Porque la población mundial contagiada es tan amplia y está tan extendido el virus que la posibilidad de que surjan mutaciones al azar capaces de generar variantes y cepas más contagiosas y capaces de sortear a la inmunidad previa generada por la infección o por las actuales vacunas no es un “riesgo teórico”, es ya una realidad científicamente incontestable. “Convivir con el virus”, por tanto, no va a ser nunca la mejor opción, con vacunas o sin ellas. Es una opción perdedora. La única opción ganadora será la opción de “suprimir la transmisión del virus” de modo que el virus apenas circule entre nosotros, y las vacunas deben ser vistas como un complemento a esta estrategia y no como una forma de hacer innecesaria esta estrategia. No tenemos la certeza de que las actuales vacunas eviten los contagios  (y de hacerlo probablemente lo hagan solo de forma parcial) y una estrategia de “convivencia con el virus” sólo puede conducir al fracaso, al menos en parte, de las propias vacunas. Es cierto que diseñar nuevas vacunas de ARN frente a nuevas cepas del coronavirus es relativamente sencillo. Pero producir y distribuir suficientes dosis para revacunar cada poco tiempo a casi toda la población no lo es.

 

2. Siempre he defendido que no tendríamos vacunas eficaces, seguras y disponibles para uso masivo antes de 18 a 24 meses desde el inicio de su diseño y obtención, lo que nos lleva al primer semestre de 2022 para ello. Y sigo pensando lo mismo. Me dirán: ¿usted es tonto? ¿No ve que ya tenemos vacunas y que ya se está vacunando mucha gente? Fácil de responder. Las vacunas actuales parecen muy seguras. Eso sí se ha cumplido y debemos felicitar por ello a los científicos y laboratorios farmacéuticos implicados en ello.  Sin embargo, la magnitud de su efectividad final se ignora. Y se ignora por dos razones fundamentales: 1) aún no sabemos cuánto dura la inmunidad frente a las variantes actuales del virus y 2) aún no sabemos cuál va a ser su capacidad protectora frente a algunas de las nuevas variantes  y cepas emergentes del virus. De forma que aún no sabemos cuál va a ser el impacto real de estas vacunas sobre la pandemia a medio plazo. Y a corto plazo, la vacunación masiva es simplemente una entelequia a nivel global y una cuestión de mero marketing, a veces descarado, a nivel local. Analicen con mínima objetividad las promesas de diciembre y las cifras reales de vacunados a día de hoy. La propia Presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, se disculpó por ello hace días, en un gesto que le honra y que acaba de ser comentado en la prestigiosa revista médica The Lancet. Yo, sinceramente, no pienso que los gestores sanitarios tengan en esto la culpa. Hay muchísimas y justificadas razones, principalmente técnicas y logísticas, para que el ritmo de vacunación sea inevitablemente más lento de lo previsto y de lo que a todos nos gustaría, incluso optimizando dicho ritmo de vacunación en los próximos meses. Mi crítica va hacia quienes nos prometieron en diciembre lo que sabían (o deberían saber) que no se podría cumplir.

 

3. Las actuales vacunas reducen con claridad la posibilidad de enfermedad grave y de muerte entre las personas vacunadas. Una excelente noticia, incontestable a estas alturas. Pero los datos experimentales y epidemiológicos disponibles indican que no suprimen completamente los contagios, aunque es probable que los puedan reducir en una magnitud aún desconocida. Como consecuencia de ello, las actuales vacunas podrían aumentar el número de infectados asintomáticos. Y esto, para la evolución global de la pandemia, no es necesariamente una buena noticia. Porque puede facilitar la emergencia de cepas más o menos resistentes e incrementar su difusión inicial entre nosotros, sin que seamos conscientes de ello. Será crucial mantener, por ejemplo, un control de la presencia del virus en las aguas residuales de las grandes urbes, como muy acertadamente se está haciendo en la Comunidad de Madrid, para monitorizar la evolución de la pandemia en un contexto de posibilidad de mucho contagio asintomático entre vacunados que escaparía a cualquier otra forma sencilla de detección a corto plazo. Sería una excelente noticia que con el aumento de las vacunaciones disminuyera mucho la circulación del virus detectada de esta forma, lo que sería un indicador indirecto pero fiable de que las vacunas también disminuyen los contagios y nos acercan a una “verdadera inmunidad de rebaño”.  Pero esto, a día de hoy, es sólo una hipótesis. Nadie sabe si va a ser así. ¿Por qué se da por hecho en tantos foros? Estamos confundiendo prematura y reiteradamente nuestros deseos con la realidad y algunas de nuestras actitudes frente a la pandemia parecen más guiadas por chamanes y hechiceros que por una medicina científica y basada en evidencias.

 

4. Luchamos como podemos contra la pandemia en nuestro medio, y por nuestras condiciones sociales y sanitarias debemos considerarnos un país privilegiado. Con todas sus carencias, nuestra sanidad tanto pública como privada era, es y espero que siga siendo de lujo, al alcance de muy pocos países en el mundo (se nos comparó muy críticamente con Alemania durante la primera ola, cuando nuestros muertos superaban ampliamente a los suyos, pero desaparecieron sospechosamente las comparaciones cuando durante parte de la segunda y tercera olas sus muertos superaron ampliamente a los nuestros; a lo mejor es que fueron las decisiones políticas y sanitarias tardías de quienes estaban al frente de la toma de decisiones al inicio de nuestra primera ola las que estresaron rápidamente y hasta el colapso a un sistema sanitario de primer nivel, sin negar áreas de imprescindible mejora, especialmente en Atención Primaria). Pero, además de todas las posibles consideraciones y particularidades locales, esta pandemia es global por definición. Las amenazas ahora más graves para la evolución de la pandemia en nuestro medio provienen de Gran Bretaña, California, Brasil o Sudáfrica, con variantes y cepas emergentes problemáticas. Y mañana pueden venir de cualquier otro punto del globo en donde el virus circule ampliamente y sin control. Seríamos extremadamente ingenuos si pensáramos que el término “vacunación masiva” debe ser considerado solo en términos “locales”. Si no contribuimos activa, rápida y generosamente a que las vacunas lleguen también y de “forma masiva” a los países con menos recursos económicos, la naturaleza hará su trabajo y la emergencia de nuevas cepas amenazadoras será algo habitual, que nos acabará afectando a todos, sí o sí. Incluso si limitáramos su entrada entre nosotros con un estricto control de fronteras y de movilidad sería un lastre prolongado para una economía tan dependiente del turismo y del tráfico de personas como la nuestra.

 

5. Dado que las vacunas actuales no suprimen completamente los contagios (y a lo peor, de hecho, los suprimen poco), dado que nuestra población local no estará masivamente vacunada antes del primer semestre de 2022, dado que a nivel global mundial se tardarán varios años más en poder vacunar de forma masiva, y dado que la aparición de nuevas variantes y cepas en cualquier punto del globo podría hacer necesaria en cualquier momento una estrategia de revacunación sin haber concluido aún la etapa de vacunación masiva inicial, es absolutamente irrisorio que alguien se plantee que la estrategia de “convivir con el virus” será segura y eficiente a medio y largo plazo, tanto desde el punto de vista sanitario como económico. Hay que avanzar hacia una estrategia de supresión activa de contagios, a la que las vacunas pueden colaborar pero que las vacunas solas no pueden garantizar.  Desengáñense: la necesidad de mascarilla-limpieza-distancia-ventilación en nuestro día a día nos acompañará durante varios años. Sí. Varios años. Y será, de hecho, más importante que las propias vacunas para el control efectivo final de la diseminación del virus. La planificación de nuestras actividades sociales y económicas debe tener en cuenta este hecho. Muchas cosas se podrán seguir haciendo en la misma medida que se hacían antes de la pandemia, pero no de la misma forma que antes de la pandemia. Y algunas actividades de alto riesgo de contagio probablemente no deberían volver a hacerse, de ninguna forma, salvo si basándonos estrictamente en datos técnicos y absolutamente transparentes pudiéramos certificar que el virus apenas circula ya entre nosotros. Y siempre alertas para reaccionar drástica y rápidamente ante posibles rebrotes (lo que no hicimos, por ejemplo, durante el pasado verano, y así nos ha ido, 40.000 muertos después).

 

Churchill pidió a sus conciudadanos “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor” en un famoso discurso al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, algo que no deberíamos olvidar cuando vencer al coronavirus entre nosotros sólo nos exige, en esencia, esfuerzo, cuidado guiado por una información correcta y responsabilidad. La necesidad de medidas drásticas es casi siempre una consecuencia final (e indeseable) del incumplimiento más o menos generalizado de las medidas básicas de protección, especialmente en reuniones familiares y en eventos sociales. Hay multitud de ejemplos al respecto que todos conocemos. Nuestras pasadas Navidades son el paradigma de lo que nunca se debería volver a repetir, mientras dure la pandemia. No hay más que ver la rapidez con la que aumentaron los contagios entonces y también la rapidez con la que ahora están disminuyendo, sin grandes diferencias en las medidas restrictivas aplicadas, aunque sí posiblemente en el cumplimiento efectivo de las mismas por la mayoría de la población.

 

La naturaleza es así: el meteorito que impactó en la zona de la actual península de Yucatán hace unos 65 millones de años desencadenando la extinción casi completa de los dinosaurios no les pidió antes permiso para hacerlo. Ni los dinosuarios hubieran tenido opción alguna para evitar aquel desastre. Nosotros sí tenemos opciones frente a este desastre. Las hemos tenido desde el primer momento. Y con las vacunas, ahora, más. Pero no sólo con ellas. Porque, simplemente, “nadie engaña a la naturaleza”. Y ahora, que suene de nuevo “Cannonball”, de Supertramp…y cuidado con su letra.

 

 

www.clinicadermatologicainternacional.com

 

Comentarios

Entradas populares