MASCARILLAS: ENTRE LA EVIDENCIA Y EL ABSURDO

 


Empecé a escribir posts sobre la covid-19 en este blog (que no está destinado a que yo escriba sobre la covid-19, pero…) a finales del mes de abril de 2020. La situación en aquellas dramáticas semanas me parecía patética. Varias decenas de miles de muertos y los hospitales colapsados en España por una infección de transmisión básicamente respiratoria y en el centro comercial donde yo hacía en aquellos días la compra observaba a todo el mundo con guantes (nos los facilitaban a la entrada) pero a cerca de la mitad de los clientes sin mascarilla. ¿El SARS-Cov-2 es el virus de las verrugas? ¿O es que habíamos descubierto que respirábamos y tosíamos por las manos? Recuerdo también, como anécdota grotesca, que al inicio de la desescalada me crucé un día en unas escaleras con una madre que extremadamente preocupada imploraba con angustia a su hija que no tocara la barandilla. Pero ninguna de las dos llevaba mascarilla. La ignorancia en esas personas tiene excusa. La incompetencia de las autoridades sanitarias que potenciaron en aquellos momentos dicha ignorancia, no.

 

Así las cosas, cuando aún no era obligatorio el uso de mascarillas en los transportes públicos y en los lugares cerrados de uso público, y muchos meses antes de que se hiciera obligatorio su uso en cualquier espacio público cerrado o abierto, me lancé a escribir mis dos primeros posts al respecto, el 29 de abril  y el 4 de mayoEn estos dos posts y en el que publiqué el 18 de mayo de 2020 me manifestaba a favor del uso OBLIGATORIO de mascarillas en 3 circunstancias muy concretas: transporte público, locales o espacios cerrados y locales o espacios abiertos en los que se pudiera coincidir con más gente en proximidad. Dejaba claro en mi post del 18 de mayo que uno de los más graves errores que se estaban cometiendo en el manejo inicial de la pandemia  era considerar (sin fundamento experimental ni biológico alguno) que el virus SARS-Cov-2 se transmitía preferentemente por microgotas de saliva lo suficientemente grandes como para que no se alejaran mucho de quien las emitía y se depositaran rápidamente en el suelo u objetos próximos. Desde una perspectiva estrictamente técnica y científica sigo sin entender la obcecación durante meses de las autoridades sanitarias negando la posibilidad de transmisión aérea a distancia del virus vía aerosoles. A nivel mediático todo empezó a cambiar a raíz de la publicación de una breve carta en la revista Science  en octubre de 2020, que enfatizaba la importancia de la transmisión aérea y de los aerosoles. Con todo, la OMS y muchas otras autoridades sanitarias tardaron en aceptar las evidencias, y el uso generalizado de mascarillas ha tenido siempre relevantes detractores. En el “summum” de la incoherencia, el máximo responsable de la gestión de la pandemia en España declaraba en una entrevista televisada hace pocas semanas que en su opinión “las mascarillas sólo debían usarlas los enfermos”, poco antes además de que nuestro Gobierno las hiciera obligatorias para todos en cualquier espacio abierto, como la playa o la montaña, con independencia de que hubiera gente en proximidad. Tan absurdo lo uno como lo otro. Afortunadamente, tan sólo unos días después esta normativa ha sido matizada y rectificada. ¿No hay ceses ni dimisiones ante tanta medida ocurrente, precipitada e imprecisa? ¿100.000 muertos entre nosotros no son suficientes como para que a nivel nacional esta pandemia viral respiratoria la gestionen verdaderos expertos en pandemias virales respiratorias?

 

A lo largo del verano y de nuestra segunda ola era bastante habitual que los anti-mascarilla recurrieran al superficial argumento de que en países como Inglaterra, Francia o Suecia la gente apenas usaba la mascarilla y tenían muchos menos contagios que nosotros, cuando aquí, en muchísimos ámbitos se acabó haciendo obligatoria (aunque también, en determinadas situaciones de particular riesgo, no se cumpliera con dicha obligación). ¿No había otras causas que justificaran en ese momento la diferencia en el número de contagios? La situación en Suecia ha acabado siendo una pesadilla para sus autoridades sanitarias y hemos visto en los medios audiovisuales a las ambulancias haciendo “cola” frente a las entradas de Urgencias en hospitales de París y Londres, algo que por ejemplo no se ha visto en Madrid ni en la segunda ni en la tercera ola. ¿Qué tienen que decir los anti-mascarilla ahora? ¿El ejemplo de Suecia, Francia o Inglaterra era el ejemplo a seguir?

 

Es normal que ahora nos fijemos en cosas que antes nos pasaban completamente desapercibidas. Este verano estaba comiendo con algunos familiares en la terraza de un restaurante (lugar en mi opinión muy seguro, con algunos matices) y por el efecto óptico de la zona de donde venía la luz solar y el fondo hacia el que yo miraba observé una cosa curiosa. Cuando uno de los comensales hablaba, de su boca se emitían multitud de puntitos microscópicos brillantes que fácilmente se alejaban más allá de medio metro de su boca (lo habremos visto todos decenas de veces antes, pero no le prestábamos atención a este fenómeno). Cuando se callaba, la emisión de esos puntitos brillantes cesaba. Respirando sin más no se veían. Con la mascarilla, aunque hablara, no reaparecían. En realidad la emisión de multitud de microgotas de saliva, especialmente al hablar, gritar, cantar, toser o estornudar, es algo habitual de lo que no somos conscientes porque por su tamaño normalmente no las vemos. Si el que las emite es un portador asintomático o presintomático con alta carga viral, tenemos un problema.  Si además nos encontramos muy próximos a él o en un espacio cerrado, y si además alguno de nosotros tiene la peculiar condición genética y/o de edad y de salud que predispone a una covid-19 grave, una conversación sin mascarillas en esas condiciones entre familiares o amigos puede significar una sentencia de muerte. Tercera ola en España: 25.000 muertos. Navidad: periodo proclive para las reuniones de familiares y amigos en domicilios o locales cerrados, con frecuencia poco ventilados por el frío, y con frecuencia sin mascarillas, máxime si la reunión se hacía alrededor de una comida o de una cena. ¿Nos protege de algo o protegemos a  alguien cuando vamos andando por la calle con mascarilla, a menudo sin nadie a nuestro lado, y nos la quitamos nada más entrar en el domicilio o local cerrado donde nos reunimos con familiares o amigos “de confianza”, a menudo con comida o bebida de por medio y nula distancia social? Tercera ola en España: 25.000 muertos (ya lo sé, es la segunda vez que lo escribo). Y estamos en la cuarta “olita”, en palabras de quien ya saben.

 

El escenario de la pandemia causada por el virus SARS-Cov-2 es inevitablemente cambiante, y con la vacunación el cambio va a ser a mejor. Y ahora sabemos cosas que antes desconocíamos. ¿Por qué entonces algunas cosas no las hacemos mejor? ¿Por qué repetimos errores y olas? Es probable que en nuestro medio un 20-30% de la población tenga ya cierta inmunidad por haber tenido ya contacto con el virus, y este porcentaje se está incrementando progresivamente con la vacunación, aunque tengamos aún dudas sobre el tiempo que dura esa inmunidad y sobre su capacidad para evitar contagios. Es aún pronto para pensar que sólo con las vacunas acabaremos con la pandemia. Lo que sí está muy claro es que reduce la gravedad de la infección en los pacientes sintomáticos y reduce muchísimo la mortalidad. Pero, ¿podremos prescindir de las mascarillas en los próximos meses o años? No seamos ingenuos, NO, aunque probablemente sí podamos ser más laxos con su uso en situaciones de bajo riesgo y/o cuando la circulación del virus en nuestro medio sea, “objetivamente”, muy baja. ¿Debemos o deberemos llevar mascarilla en espacios abiertos y sin gente en proximidad? No seamos estúpidos. NO. Así, ni te contagian ni tú contagias. Ahí la mascarilla sobra. Yo insistiría ahora en 4 consejos muy básicos y muy prácticos:

 

1. En un ambiente de alto riesgo de contagio (por ejemplo, ambiente hospitalario en contacto con pacientes covid-19), la mascarilla debe ser de alta protección (FFP2) y de alta calidad y su uso cuidadosamente correcto. Quien la lleva lo hace para protegerse a sí mismo.

 

2. En nuestra vida social habitual el uso de la mascarilla pretende que protejamos a los demás con su uso, y que los demás nos protejan a nosotros cuando la usan. Por eso en la mayoría de situaciones una mascarilla sanitaria o quirúrgica, incluso una buena mascarilla de tela, puede ser suficiente. En espacios cerrados con posibilidad de aglomeraciones o donde inevitablemente vamos a contactar de forma prolongada y en proximidad con muchas personas una mascarilla FFP2 nos brindará a nosotros mayor protección. Y, en el peor de los casos, siempre será mejor que alguien lleve una mala mascarilla a que no lleve ninguna.

 

3. En los espacios abiertos se minimiza mucho el riesgo de contagios por aerosoles que actúan a distancia, ya que se dispersan muy fácilmente y la carga viral, si la hay, rápidamente se reduce. Pero no desaparece el riesgo de contagio por microgotas de saliva en distancias cortas, más si el potencial portador asintomático del virus  y emisor de las mismas habla alto, grita, canta, estornuda o tose…y lo tienes a tu lado. Por ello, y dado que en terrazas y muchos otros espacios abiertos a menudo no respetamos la distancia de seguridad, mejor permanecer entonces con mascarilla mientras no comamos ni bebamos, y mejor hablar bajo y despacio, o no hacerlo, mientras comemos o bebemos. Jugar a la ruleta rusa siempre entraña algún riesgo.

 

4. En los espacios cerrados el riesgo de la transmisión por aerosoles entra en acción y lo hace a distancias de más de 2 metros, y por un tiempo que va algo más allá del tiempo en el que el hipotético contagiador permanece físicamente allí. Aquí entra en juego el riesgo en los hogares, en salas de reuniones, en locales de ocio y espectáculos, en el trabajo en locales cerrados, en transportes colectivos, en centros comerciales, en muchos locales de restauración, etc. Pero el uso generalizado de la mascarilla minimiza el riesgo en prácticamente todas estas situaciones (si nadie emite virus a distancia, nadie se contagia) y las convierte en seguras, especialmente si lo acompañamos de una buena ventilación. La mayoría de nosotros hemos estado de hecho en los últimos meses en algunas de estas situaciones y no nos hemos contagiado (yo, personalmente, diría que he estado en todas estas situaciones y no me he contagiado). Creo que las reuniones en los propios domicilios generan las situaciones de mayor riesgo porque es donde más fácilmente se puede fallar de forma prolongada y sin control alguno en las medidas de uso de mascarilla y de distancia social. Algo asumido entre convivientes (que por supuesto, se pueden contagiar y se contagian entre sí, pero en un círculo social muy limitado) pero que pasa a ser muy problemático entre no convivientes cuando el virus circula ampliamente entre nosotros, ya que entonces el círculo social de potencial transmisión del virus se amplía mucho. Los locales de restauración, especialmente los cerrados y poco ventilados, es obvio que generan también situaciones de riesgo. Pero hay varias formas de minimizar esos riesgos. Y la realidad es que la pandemia ha evolucionado igual o peor en algunas zonas sometidas a cierres muy restrictivos de estos locales de restauración que en otras zonas donde las medidas al respecto han sido más laxas. Nuestros hábitos sociales y “cómo” hacemos las cosas son mucho más importantes que las cosas que hacemos y dónde las hacemos. Un restaurante que motive y controle el cumplimiento de las “normas básicas de seguridad” es probablemente mucho más seguro que una reunión en un domicilio o local particular sin control ninguno. No ha habido un claro paralelismo hasta ahora entre normas restrictivas en el sector de la restauración y número de contagios, y es más, en determinadas zonas y momentos la relación ha sido inversa. Con unos costes sociales y económicos lamentables, como es obvio. Al margen de ideología política alguna, en este punto la Comunidad de Madrid creo que ha acertado, incluso cuando yo mismo pensaba que debíamos confinarnos de nuevo y no se hizo. ¿Todo perfecto? No. Simplemente mejor que en otras zonas donde los resultados globales (sanitarios, sociales y económicos) creo que objetivamente han sido y son peores.

 

En realidad, todo lo que debemos hacer para reducir el riesgo de contagio lo sabemos, lo hemos oído multitud de veces en los últimos meses. A veces lo aplicamos mejor, a veces peor (nuestra tercera ola ascendió con rapidez, pero también descendió con rapidez, de lo que deberíamos sacar algunas lecciones). 150 muertos diarios ya no…impresionan. Es parte de nuestra defensa psicológica ante la magnitud de la tragedia. También sabemos lo mucho que todos nos estamos jugando de cara al próximo verano, y lo importante que sería alcanzar pronto entre nosotros una incidencia acumulada a 14 días por debajo de 25, o ver cómo el virus prácticamente desaparece de nuestras aguas residuales, una medición muy objetiva de la circulación del virus y que no depende de nuestra capacidad limitada de detectar a los infectados asintomáticos. Con la vacunación esto último nos resultará aún más difícil de hacer, porque aumentarán los contagiados asintomáticos a los que no se les efectuará test ninguno que permita saber que están contagiados.

 

Entonces, si tan importante es que todos hagamos ahora las cosas bien, mientras el porcentaje de vacunados aumenta progresivamente pero aún queda lejos de garantizar el control efectivo de la pandemia, ¿por qué cuando salimos a la calle seguimos viendo a la gente en solitario, en silencio y andando todo el tiempo con mascarilla (algo simplemente inútil) y vemos a la gente en los restaurantes y terrazas en proximidad, hablando y casi todo el tiempo sin ella, aunque no coman ni beban? ¿Dónde y cuándo es mayor el riesgo de contagio? (este es simplemente un ejemplo de un error obvio y fácil de subsanar; hay otros muchos). El riesgo cero todos sabemos que no existe. ¿Eso justifica que veamos normal renunciar al “bajo riesgo”, haciendo entonces más difícilmente sostenible la convivencia entre nuestra salud, nuestras relaciones sociales y nuestra economía?

 

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