COVID-19: REFLEXIONES ENTRE LAS OLAS

 


Olas, sí…pero no del mar, sino de la covid-19. En España hemos sufrido tres grandes olas. Es cuestionable si tras la Semana Santa estamos padeciendo una cuarta ola, o simplemente una oscilación al alza tras un descenso de nuestra tercera ola que finalmente se estaba convirtiendo en una meseta. Situación muy inquietante, con varios miles de contagios diarios en los últimos dos meses, con una incidencia acumulada a catorce días en torno a 200 casos (y muy superior a esto en algunas Comunidades Autónomas) y con unas cifras diarias de muertos que rara vez han bajado de 50 (el pasado lunes 10 de mayo incluso se superaron los 200, aunque influido por las notificaciones tardías del fin de semana anterior). A veces pienso que lo más inquietante de estas dramáticas cifras es que nos hemos acostumbrado a ellas.

 

En un post que publiqué a principios de marzo ya señalaba que las circunstancias en torno a la Semana Santa eran muy distintas de las que se dieron en torno a la Navidad y que yo no esperaba que ahora se generara una nueva ola parecida a la tercera. Es más, pensaba (y sigo pensando) que las restricciones a la movilidad no iban a resultar particularmente beneficiosas. Creo que en esta fase de la pandemia es muchísimo más importante el “cómo” hacemos las cosas que el “cuándo” o el “dónde”.

 

Respecto al “cómo” hacemos las cosas, lo visto y vivido en el pasado fin de semana coincidiendo con el fin del estado de alarma decretado el pasado 25 de octubre me ha parecido absolutamente lamentable. Entre otras muchas razones por lo que tiene de falta de consideración, casi de burla, hacia el extenuante trabajo de miles de sanitarios, dándolo todo por salvar vidas en esta pandemia, incluso en ocasiones perdiendo la suya propia.

 

Al igual que nos ocurrió tras la Semana Santa, no creo que esto genere ahora una cuarta ola, no al menos de la magnitud de las tres primeras. Probablemente será una oscilación más al alza en esa especie de meseta lentamente descendente en la que de forma un tanto irresponsable nos hemos acomodado a menos de dos meses de iniciar el verano. Ni sanitaria ni económicamente podemos considerar que mantenernos así por mucho más tiempo sea una buena opción.

 

En este momento hay ya unos 6 millones y medio de españoles completamente vacunados. Añadan unos 10 millones “reales” de españoles previamente infectados (la mayoría asintomáticos u oligosintomáticos y no diagnosticados ni registrados). Aunque estas cifras en parte se solapan, pues muchos contagiados previamente habrán sido también vacunados, es razonable pensar que en torno a un 30% de la población española está ya inmunizada y el porcentaje es muy superior entre la gente de mayor edad y con mayor riesgo de enfermar con gravedad. Por lo tanto, la situación, es mucho mejor que antes de cualquiera de las tres olas previas y algo así no se va a repetir ahora.

 

Precisamente por eso, porque gracias a la vacunación corren vientos a favor, es tan importante esmerarse en acelerar la tendencia decreciente de la pandemia en nuestro entorno y procurar entrar en el verano con una incidencia acumulada por debajo de 25, idealmente en torno a 10, como nos ocurría al inicio del verano pasado. Es la única opción para alcanzar un verano sanitariamente tranquilo y económicamente lo más próspero posible. Y cuanto antes nos situemos en esas cifras, mejor. Por eso me parece especialmente reprobable lo visto el pasado fin de semana. No es el “qué”, no es el “dónde”, no es el “cuándo”. Es el “cómo”. Irresponsables los que han tenido ese comportamiento. Irresponsables los que debiendo prevenirlo y evitarlo lo han tolerado.

 

Estas reflexiones complementan bien a las que expresé el pasado lunes en un artículo publicado en El Confidencial. En todo esto hay muchas cosas discutibles, pero cuando aún nos movemos en torno a 4.000-5.000 contagios diarios, y en torno a 50 muertos diarios, en fin, no hay tanto sobre lo que discutir. Demasiado obvio. Demasiado dramático aún.

 

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