MASCARILLAS EN ESPACIOS ABIERTOS: ¿CUÁNDO Y POR QUÉ?

 


Las mascarillas son sin duda uno de los símbolos de nuestra respuesta a la pandemia de la covid-19. Pero no lo han sido siempre. Es una simple anécdota, pero cuando en la primavera de 2020 (no recuerdo con exactitud la fecha) fui a recoger la mascarilla FFP2 que de forma gratuita la Comunidad de Madrid ponía a disposición de todos los madrileños recuerdo que tuve una pequeña discusión con el farmacéutico porque aún mantenía colocado en su farmacia un enorme cartel diseñado semanas antes por las propias autoridades sanitarias en el que textualmente se podía leer: “la mascarilla solo deben emplearla personas que piensen que están infectadas”. Sin comentarios.

 

Las mascarillas no son particularmente cómodas. Las FFP2 pueden llegar a ser bastante incómodas, especialmente cuando se usan de forma prolongada. Con el calor propio del final de la primavera y del verano, más incómodas aún. Y a un número significativo de usuarios les desencadenan o les empeoran lesiones faciales cutáneas de acné y de rosácea. Y de las gafas empañadas, qué les voy a contar…Con todo, frivolidades, las justas: llevamos ya más de 100.000 muertos “reales” por la covid-19 en España, y con todo lo que ya sabemos sobre la transmisión del virus, con el buen tiempo que nos acompaña desde hace semanas y con la obvia progresión en el porcentaje de la población vacunada mantenemos aún cerca de 4.000 contagios diarios, cerca de 30 a 40 muertos diarios (algunos días, más), y el descenso en la incidencia acumulada a 14 días es exasperantemente lento. Hay cosas que, indudablemente, seguimos haciendo mal, o descuidos que no deberíamos tener y tenemos.

 

¿Merece la pena en este momento el sacrificio de usar las mascarillas en todas las circunstancias en las que las estamos usando? Hace muy pocos días he publicado un artículo en El Confidencial en el que dejo muy clara mi posición al respecto: en espacios abiertos y sin otras personas en proximidad es absurdo que nos obliguen a ir con mascarilla (aunque mientras esa sea la norma creo que deberemos cumplirla).

 

Voy a incidir aquí en la clave para entender de forma muy práctica dónde nos pasamos y dónde nos quedamos cortos en los espacios abiertos. Lo primero es recordar una vez más que este virus es un virus de transmisión esencialmente respiratoria. La nariz y la boca son su vía preferente de salida y de entrada. Las formas de transmisión alternativas y excepcionales no deben condicionar nuestras medidas de protección habituales (excluyo el contexto sanitario, que a la población general no le afecta). El virus sale de nuestras vías respiratorias esencialmente de dos formas: vehiculizado en gotículas a menudo imperceptibles pero suficientemente grandes como para no extenderse mucho más allá de 1 a 2 metros de quien las emite, depositándose pronto en el suelo u objetos a menos de esa distancia, y vehiculizado en aerosoles (partículas de mucho menor tamaño) que pueden permanecer en el aire por mucho más tiempo y extenderse a mayor distancia. En espacios abiertos y en espacios interiores muy bien ventilados estos aerosoles se diluyen rápidamente y la posibilidad de aspirar una carga viral suficiente como para infectarse es extremadamente remota.

 

Primer escenario a considerar: ¿tengo alguna posibilidad de infectar a alguien o de infectarme yo si estoy en un espacio abierto y no tengo a nadie en proximidad? Sólo hay una respuesta científica y racionalmente admisible: NO. Por lo tanto ahí la mascarilla sobra. Ver gente andando sola por la calle con mascarilla, paseando solo por la playa, por un parque, por el campo…es simplemente surrealista. Aunque de momento la ley vigente en España así lo impone. Puedo entender que esa ley se hiciera así cuando se hizo, en circunstancias muy distintas a las actuales, y con mucha gente poco y mal informada sobre la transmisión de este coronavirus y la utilidad real de las mascarillas frente al mismo. Pero no entiendo que se mantenga vigente esa norma a día de hoy.

 

Segundo escenario a considerar: ¿tengo posibilidad de infectar a alguien o de infectarme yo si estoy en un espacio abierto y tengo gente en proximidad? No hay más respuesta posible en base a la ciencia que responder que SÍ. Aunque aquí caben muchos matices porque hay muchos factores que modulan el riesgo, y en general este riesgo sería bajo. El ejemplo más típico de actuación preventivamente irracional y absurda sería el de unos amigos o familiares no convivientes que pueden estar yendo a tomar algo hacia una terraza donde han quedado y, mientras van andando por la calle, cada uno por su cuenta (riesgo prácticamente nulo), llevan las mascarilla puesta, pero nada más sentarse en la terraza, obviamente a menos de un metro unos de otros y por un tiempo prolongado (riesgo cierto de contagio) se la quitan, y probablemente ya no se la pongan hasta despedirse e irse. Al ser un espacio abierto el riesgo de contagio por aerosoles sigue siendo muy bajo. Pero el riesgo de contagio por gotículas ya no es tan bajo, algunas porque pueden ser aspiradas directamente entre personas en proximidad y otras porque se pueden depositar en objetos muy próximos que tocas, con los que comes o con los que bebes. O en los propios alimentos o bebidas. Bastante gente, no lo duden, se ha podido contagiar así. Con todo, es fácil limitar mucho el riesgo de contagio en este contexto, si procuramos mantener la mascarilla puesta mientras no comemos ni bebemos (algo que exige la ley y es razonable, pero que muchos incumplen) y si procuramos evitar hablar alto, gritar o cantar cuando estemos sin mascarilla, porque así reduciremos muchísimo la emisión de gotículas y aerosoles, así como la distancia que alcanzarían. Es obvio para todos lo que debemos hacer si tosemos o estornudamos. Como también debería ser muy obvio para todos que un infectado conocido o cualquiera que haya tenido un contacto estrecho reciente con un infectado, por muy asintomático que esté, debería de permanecer en cuarentena en su casa (en torno a 10 días o lo que según las circunstancias clínicas o epidemiológicas se le indique) y abstenerse de acudir, por ejemplo, a una terraza, o a cualquier otro lugar público.

 

Tercer escenario a considerar: ¿tengo posibilidad de infectar a alguien o de infectarme yo si estoy en un espacio cerrado, tenga o no en ese momento a gente en proximidad? La única respuesta posible es un SÍ rotundo sólo cuestionable por genuinos negacionistas. Esta situación la he analizado en muchos de mis posts al respecto, el último publicado en este blog el 12 de abril pasado. Aquí la mascarilla es, y por mucho tiempo seguirá siendo, imprescindible. Y debe seguir siendo obligatoria, aunque podamos discutir el tipo de mascarilla más adecuado según las circunstancias.

 

La vacunación masiva podría permitir relajar determinadas medidas preventivas incluso en espacios abiertos con gente en proximidad o en espacios cerrados, pero no debemos olvidar que las actuales vacunas reducen pero no suprimen los contagios, lo que cuestiona que podamos llegar a hablar en algún momento de verdadera “inmunidad de rebaño”. Y el coronavirus SARS-Cov-2 está mutando más de lo inicialmente previsto y generando variantes más problemáticas de lo que algunos virólogos anunciaron en los primeros meses de la pandemia. Hay razones bastante simples para explicar por qué está ocurriendo esto, pero no es el momento de entrar en ese tema. Haríamos bien en relajar pronto las medidas respecto a la obligación de usar mascarillas en espacios abiertos sin gente en proximidad, dado que en el resto de escenarios el uso obligatorio de las mismas va probablemente para largo.

 

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